Maximino Cerezo Barredo: El misionero que pintó la esperanza de los olvidados

Con una obra que recorre más de medio centenar de iglesias en América Latina y el mundo, su arte no busca la mera estética, sino convertirse en un "catecismo visual" al servicio de la justicia social y los más vulnerables. Desde los valles de su Asturias natal hasta la selva peruana y el Mato Grosso brasileño, su pincel ha sido testigo de martirios y luchas campesinas, consolidando una teología visual que hoy es patrimonio artístico y espiritual de la Iglesia posconciliar.
22 de febrero de 2026Radio KerigmaRadio Kerigma

Muere el misionero asturiano Maximino Cerezo Barredo, el artista de la  Teología de la Liberación | El Comercio: Diario de Asturias

A sus 93 años, Maximino Cerezo Barredo (Villaviciosa, Asturias, 1932) fiel a su vocación: encarnar la Palabra en el lienzo. Misionero claretiano y artista plástico, "Mino", como le conocen sus amigos, falleció en la tarde del 20 de febrero en la comunidad claretiana de Colmenar Viejo (Madrid). dedicó su vida a construir una estética misionera que pone el arte al servicio de la evangelización y la justicia social. 

Su obra, dispersa en más de medio centenar de iglesias y catedrales de América Latina y el mundo, es un catecismo visual que ha marcado a generaciones de cristianos comprometidos con los más vulnerables.

 

De los valles asturianos a la selva peruana

Nacido en 1932 en Villaviciosa, su infancia quedó grabada a fuego en su memoria. "Si la patria de todo hombre es la infancia, la mía es esta, sin duda", confesaba años después al volver a su tierra natal. Su vocación religiosa despertó en el Colegio Corazón de María de Gijón, regentado por los claretianos, congregación en la que ingresó a los 18 años.

Tras estudiar Filosofía y Teología en Santo Domingo de la Calzada, fue ordenado sacerdote el 8 de septiembre de 1957. Pero su sensibilidad artística le llevó a formarse en la prestigiosa Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, con estancias previas en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos en Valencia. Durante la década de 1960, realizó numerosas obras en España: vitrales, pintura mural y diseño de interiores para iglesias, además de exponer en el pabellón español de la Expo de Nueva York.

Sin embargo, el punto de inflexión llegó en 1970, cuando sus superiores le enviaron al Perú. Allí, en la misión claretiana de Juanjuí, en la Amazonía, descubrió una Iglesia distinta. Era la Iglesia post-Concilio Vaticano II, que en Medellín (1968) y después en Puebla (1979) había hecho una opción clara por los pobres. "Me encontré con una Iglesia que asistía a la emergencia histórica de los pobres", recordaba.

 

"El pintor y el cura se pusieron de acuerdo"

En la selva peruana, Cerezo Barredo halló su verdadera vocación. Un momento lo marcó para siempre. Acababa de pintar un gigantesco mural de 38 por 3 metros sobre la Historia de la Salvación en la iglesia de Juanjuí.

Una campesina recorrió el mural en silencio hasta detenerse ante una figura que lloraba la muerte de un niño. "Sacó una velita y se puso a rezar, no ante el Cristo Resucitado ni ante María, sino ante esa madre que lloraba a su hijo muerto", relató el misionero años después. En ese instante comprendió que su arte podía ser vehículo de fe y Buena Noticia. "El pintor y el cura que hay en mí se pusieron de acuerdo", resume con sencillez.

A partir de entonces, su obra se convirtió en un instrumento de evangelización inculturada. No se trataba de hacer arte "bonito", sino de plasmar el Evangelio con los rasgos, los colores y el dolor del pueblo latinoamericano.

Para él, la acción evangelizadora no podía estar al margen de la vida cotidiana; debía incidir en el contexto real de las comunidades. "Mi pintura no es de mensaje neutral. Grita para ser liberación", afirma rotundo.

 

Amigo de Casaldáliga y testigo del martirio

Su amistad con otro claretiano profético, Pedro Casaldáliga, le llevó a la Prelazia de São Félix do Araguaia, en el Mato Grosso brasileño. Allí, en tierra de conflictos agrarios y persecución a campesinos, pintó doce murales, incluido el de la catedral. "Fueron tiempos muy duros, cargados de amenazas de muerte por parte de los militares. Fue tiempo de mártires", rememora . Hoy, esos murales han sido declarados Patrimonio Artístico del Mato Grosso, garantizando su preservación.

Su obra se extendió por Argentina, Colombia, Venezuela, Panamá, Guatemala, Nicaragua y México, así como Roma y Chicago. En Nicaragua, trabajó en talleres de evangelización popular; en Estados Unidos, pintó para la comunidad chicana en Chicago. Donde quiera que hubiera una comunidad cristiana luchando por la dignidad, allí estaba el pincel de Mino.

 

Una teología visual al servicio del Reino

La teología de Cerezo Barredo no se escribió en libros, sino en muros. Su estilo, inconfundible, está poblado de símbolos recurrentes: la paloma del Espíritu, los brazos y herramientas de trabajo, los pies descalzos del pueblo peregrino, los ojos profundos que miran más allá del dolor, los testigos caídos entre flores, y sobre todo, la comunidad reunida en torno a la mesa o en asamblea. Su obra refleja la Doctrina Social de la Iglesia y la mística de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBS).

Para él, ser revolucionario no significaba empuñar un arma, sino denunciar el sistema que produce víctimas y anunciar una sociedad distinta, donde los bienes de la tierra se distribuyan con justicia y los pobres sean reconocidos como protagonistas de la historia y privilegiados del Reino de Dios. "Optar por los pobres no es contra los ricos. Optar por los pobres es querer que los ricos también lo hagan", matiza con sabiduría.

 

Vuelta a casa y legado universal

Desde 2005, Cerezo Barredo residió en la comunidad claretiana de Salamanca. Pero su jubilación es activa: sigue pintando, recibiendo encargos y colaborando con causas sociales. En 2012, dejó su huella en la capilla del albergue de peregrinos de Güemes (Cantabria), en el Camino de Santiago, donde sus murales son hoy un atractivo espiritual para caminantes de todo el mundo.

Su generosidad no tiene límites. Convencido de que su obra debe ser herramienta pastoral, ha puesto la mayoría de sus dibujos e ilustraciones a disposición del público en internet, para que sean utilizados libremente en la tarea evangelizadora. "Quiero que toda mi obra se use libremente", insiste.

Su trabajo es hoy objeto de estudio en universidades de Europa y América. En 2016, en Juanjuí (Perú), se inauguró un colegio que lleva su nombre, en reconocimiento a "su ejemplo de vida" . En su Villaviciosa natal, donde comenzó todo con un cartel de fiestas en 1949, el Ayuntamiento y la Asociación Cubera le han rendido múltiples homenajes, recopilando su vida en una monografía que recorre 200 imágenes de su prolífica carrera.

 

"Vuelta a las raíces"

Preguntado sobre el desafío de la Iglesia hoy, el artista nonagenario no duda: "La vuelta a las raíces de nuestra fe, a la persona de Jesucristo, es lo fundamental. La Iglesia no es para sí misma; es para los demás".

Mino Cerezo Barredo, el cura que nunca dejó de pintar, ha logrado lo que pocos: que sus frescos no solo adornen templos, sino que hablen, denuncien y anuncien una Buena Noticia hecha color. Como escribió uno de sus estudiosos, en sus obras la creatividad no es solo artística, sino también histórica, evangélica y profética. Su pincel sigue siendo, como él mismo deseaba, un grito de liberación.

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