San Pablo Miki y los 26 de Nagasaki: ¿Qué nos dice hoy el "Samurái de Cristo"?
Radio Kerigma¿Quién era Pablo Miki?
No era un extranjero tratando de imponer una visión. Miki era un japonés de pura cepa, de familia aristocrática, que decidió hacerse jesuita. Tenía un don de palabra excepcional, pero su mayor prueba no fue un debate teológico, sino una caminata forzada de casi 1.000 kilómetros en pleno invierno, con una oreja cortada, hacia su propia ejecución.
Tres lecciones para el "aquí y el ahora"
En un contexto como el venezolano, donde la resiliencia es nuestro pan de cada día, la figura de Miki nos deja tres puntos clave:
El perdón como acto de rebeldía: Desde la cruz, Miki no gritó consignas de odio. Sus últimas palabras fueron: "Perdono a los que me han condenado y a todos los que han contribuido a mi muerte". En un mundo polarizado, perdonar es el acto más disruptivo que existe.
La coherencia cuesta: A veces nos da pena decir en qué creemos por miedo al "qué dirán" en redes sociales. Estos 26 prefirieron la colina de Nagasaki antes que vivir una mentira.
La alegría no es circunstancial: Las crónicas de la época cuentan que los niños del grupo iban cantando salmos durante el trayecto. La esperanza no depende de si las cosas van bien, sino de saber hacia dónde vas.
Dato curioso: San Pablo Miki es considerado el primer seminarista japonés en ser martirizado. Fue canonizado en 1862, convirtiéndose en un símbolo universal de la inculturación del Evangelio.
Más allá de la religión
Seas creyente o no, la reseña de estos mártires es un recordatorio de la dignidad humana. En un mundo que a veces nos pide negociar nuestros principios por comodidad, la imagen de Miki en su cruz nos recuerda que hay cosas que no tienen precio.
En Venezuela, donde somos expertos en reinventarnos y en "echar pa' lante", estos mártires de Nagasaki nos enseñan que el espíritu siempre puede ser libre, incluso cuando el cuerpo está encadenado.

