Reflexión II Domingo de Pascua: "El abrazo que atraviesa muros"

Hoy el Evangelio nos sitúa en un escenario que conocemos bien: el encierro. Los discípulos están detrás de puertas cerradas por miedo. Pero la Pascua es, precisamente, la fuerza que atraviesa paredes y miedos.
Espiritualidad Ignaciana10 de abril de 2026Radio KerigmaRadio Kerigma

En el II Domingo de la Pascua, Domingo de la Misericordia, Jesús se aparece a los discípulos, entre los que está Tomás.

El relato nos muestra a una comunidad en cuarentena espiritual, encerrada por miedo. Pero la Pascua es la fiesta de los muros caídos. En este Domingo de la Misericordia, celebramos que no hay puerta, pecado o trauma lo suficientemente grueso como para impedir que el abrazo de Dios nos alcance. Abrámonos a esa presencia que no pide permiso, solo pide fe.

Jesús no entra pidiendo explicaciones por la traición o la huida del Viernes Santo. Su primera palabra es Paz. En la Divina Misericordia, la paz no es la ausencia de conflictos, sino la presencia de Alguien que nos ama más allá de nuestros errores. Es el perdón que se hace abrazo.

Jesús muestra sus manos y su costado. Esto es impactante: el Resucitado conserva las cicatrices. No las borra porque en ellas está nuestra historia. La Misericordia de Dios no es una "amnesia divina", es una "alquimia divina": toma nuestras heridas y las convierte en canales de luz.

A menudo juzgamos a Tomás, pero él es nuestro "gemelo" (Dídimo). Él representa a quien no se conforma con oír de Dios, sino que quiere experimentar a Dios. Jesús no se ofende por su duda; al contrario, lo invita a tocarlo. La Misericordia es Dios bajando al nivel de nuestra necesidad de seguridad para elevarnos a la fe.

Los discípulos no solo tenían miedo a las autoridades externas; tenían el "muro" interno de su propia coherencia rota. Habían abandonado a su Maestro. El encierro era su refugio y su castigo. San Ignacio nos diría que examinemos esas "mociones" de desolación que nos llevan a escondernos. La Misericordia comienza allí donde nosotros nos hemos dado por vencidos.

 

Hacer preguntas nos asienta bien:

  • ¿Cuáles son mis puertas cerradas hoy? (¿Qué miedos, culpas o prejuicios me mantienen bloqueado para no salir a amar?).
  • ¿Me dejo mirar por la Misericordia en mis heridas? ¿O trato de ocultarle a Dios mis "cicatrices" por vergüenza?
  • ¿Soy "Tomás" para otros? ¿Ayudo a los demás a creer a través de mis gestos de paz, o pongo barreras a la fe de los que dudan?

La Divina Misericordia no es un sentimiento devocional estático; es una fuerza dinámica. Jesús sopla sobre ellos y los envía.

 

Vivir el "modo resucitado" bajo este título significa:

No rendirse ante los muros ajenos: Si alguien se encierra, la misericordia nos enseña a estar presentes, esperando el momento de ofrecer paz.

Confiar en la vulnerabilidad: Jesús vence al mundo mostrando sus llagas, no escondiéndolas. Nuestra fuerza reside en dejar que Dios nos abrase en nuestra debilidad.

“Señor de la Misericordia, gracias por no quedarte fuera esperando que yo abra la puerta. Gracias por atravesar mis miedos, mis dudas y mis silencios. Hazme entender que tu abrazo es más fuerte que mis muros, y que tus llagas son las ventanas por donde entra la luz a mi encierro. Amén”

Evangelio (Juan 20, 19-31)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

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